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miércoles 16 de agosto de 2017 
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 La Luna

 

 


imagen: "Noche de Luna". ( Credit Silvia Smith©)

La Luna

 

Autor: Juan Ignacio Gilligan
Para comunicarse con el autor: cuentosdegilligan@infovia.com.ar

 

Ramiro volvió a su casa con el ánimo apagado de siempre. No reparó en que la luna lo venía esperando en el cielo. Agobiado de preocupaciones, lo primero que hizo al llegar fue descansar los pies de los zapatos y, tras un balance del día, decidió acostarse.

Una claridad inusual invadía el cuarto. Se acercó a ventana. Costaba creer que aquel disco plateado fuera la luna. La miró como si recién acabara de descubrirla, y se quedó mirándola toda la noche, hasta el instante en el que ella se perdió en el crepúsculo.

Cuando abrió los ojos, por instinto, miró el reloj. Ya había pasado el mediodía. Salió zumbando de su casa. Era la primera vez en años que llegaba tarde al trabajo. Por eso los ojos asombro de su secretaria.

Ramiro se encerró un instante en su oficina. Abrió el portafolio y revisó la agenda. Había perdido importantes reuniones. Entre un lamento y otro, tuvo la sensación de que alguien lo observaba. Después, sintió un escalofrío. La ventana estaba abierta y en ella, indiscreta y pequeña, estaba la luna.

Volvió de noche a su casa. Los gatos se codearon unos a otros, al verlo obnubilado. Se olvidó de la agenda, del balance y de la cena. Fue a su habitación, abrió la ventana y sentado sobre el suelo, con las rodillas apoyadas en el mentón, contempló la luna hasta el amanecer.

Cuando abrió los ojos se quiso morir. Había pasado el mediodía. Tuvo que interrumpir una reunión de trabajo. La camisa arrugada, el nudo torcido de la corbata y un par de remolinos en la cabeza, eran demasiados indicios para suponer que Ramiro se había quedado dormido. Y todos tomaron a broma la excusa del tránsito.

De vuelta en su casa, tuvo la misma actitud que el día anterior. Se olvidó de todo, salvo de la luna. En el momento que la vio rodar por el cielo, se levantó a tomar un lápiz y un papel. Los gatos, las estrellas, la luna misma, se conmovieron: Ramiro escribía su primer poema.

Por supuesto que volvió a llegar tarde al trabajo. Aunque esta vez se mostró más distraído y ya nadie dudó que algo grave lo venía afectando. Su secretaria estuvo más atenta que de costumbre, producto de la lástima que le producía verlo en ese aspecto: con la barba de días, la corbata maltrecha y un zapato de cada tono. Su conducta fue la misma los días siguientes. Con el agregado de que el único uso que hacía de su tiempo era escribirle versos a la luna. Lo mismo en su agenda que un recibo, que en un cheque o un contrato. En cada espacio en blanco veía la posibilidad de un poema.

Un día Ramiro se encontró con la noticia negra de que lo habían despedido. Su secretaria fue la única que se acordó de saludarlo. Lo besó y no supo qué decirle. A llegar a su casa, se quedó un instante frente a un viejo cuadro. Le pidió perdón una y otra vez. En el vidrio del cuadro, contrastando con las intachables figuras de su padre y de su abuelo, encontró su deslucida imagen, entonces, entre un llanto y otro, juró ante sí mismo que nunca más miraría la luna, ¿Acaso no había sido ella la causante de todos sus males?

Durante los días que Ramiro permaneció encerrado, la luna mostró un brillo opaco que preocupó el cielo. Las mareas enloquecieron a los peces y los peces a los pescadores. Los ojos de los amantes perdieron su brillo y los bancos de la plaza permanecieron de luto. Durante esos días los locos se volvieron cuerdos y los cuerdos locos y nadie pudo dormir por el llanto de los gatos. De todos, salvo de uno, que enloquecido de pena, iba de un techo a otro preguntando: "Quien dijo que la luna es redonda si tiene forma de lágrima"

Al tercer día, la luna se decidió a bajar del cielo. Bajó por un camino de estrellas, con su vestido de novia y su corcel negro. Todavía lloraba Ramiro cuando la luna atravesó su ventana. Quienes la vieron, sabrán que Ramiro salió abrazado de ella y que mientras le recitaba poemas, le daba besos.

 

 

 
 
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