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lunes 26 de junio de 2017 
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 Cuentos, historias: Planetario

 

 

Autor: Adrián Ferrero
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Le dije que sus ojos eran un cometa con dos mil centellas y que me daba vuelta la cabeza. Pero eso no era un cumplido. Eso era una sumaria descripción de mi estado. Le dije que su boca era como esos agujeros negros que los científicos postulan que han dado lugar al cosmos, de los que salieron: las aguas, la tierra, los magmas, los cienpiés, los libros de Isabel Allende y las copas de los abedules y los cipreses. Le dije que cuando sonreía irradiaba una luz de bengala, pero no le dije que su sonrisa me recordaba al sol o que ella lo era. Eso se lo decían todos. Siempre quise mantenerme alejado de los lugares comunes.

Le dije que hubiera colgado del pliegue de las nubes altas sus dos hileras de dientes como cuentas, hasta hacerlas golpetear como cristales. Le dije que ella era redonda redonda como la luna, roja como Marte, y que me encantaba girar alrededor de su órbita, como una nave o un satélite, claro que un satélite siempre es algo menor, subalterno y eso no daba cuenta de mi ánimo.

Le dije que en sus interiores se cocían cinco humores diferentes: uno rojo, uno amarillo, uno marrón, otro magenta y un último anaranjado. Cinco sustancias que rodaban como los jugos de Persia hacia algún sitio. Que al hablar sus fosas nasales se aplastaban contra el tabique. No le dije que su boca era un cráter, eso se lo decían todos los demás.

Le dije que me hubiera ido con ella a navegar por los cinco mares del globo, por los cuatro puntos cardinales del universo, en una nave con piloto automático, por supuesto, cosa de poder perdernos entre los dobleces del enorme traje plateado de astronauta.

Le dije que cuando hacíamos el amor y yo rozaba su cuerpo, un silbido de oboes brotaba para este lado del mundo. Que era su esclavo, que ella era el mayor arcano de la Creación, que me hubiera sentado a mirarla por un telescopio cuando se fuera a dar una vuelta por las llanuras venusinas sólo para verla más de cerca.

No le dije ni que tenía una cara oculta como la luna, ni que le iba a regalar todas las estrellas, ni que era un ser celestial. Tampoco le dije, por supuesto, que era la luz de mis ojos. Esas son cursilerías que un chico como yo no dice. Yo leo a Vallejo y a Huidobro, hablo siempre mal de la televisión y no como cosas dietéticas.

Escuché que le gustaba el jugo de naranjas por la mañana y que odiaba las aspirinas porque tenían sabor amargo. Que amaba escribir con lapiceras fuente y que detestaba las biromes, como todo lo descartable. Al igual que los vasos de plástico, las bicicletas fijas, la cinta en los gimnasios, las flores artificiales y todo lo que no fuera de verdad, incluido el amor y los falsos sentimientos.

Un amigo me dijo: "Esas son cosas que a una mina no se le dicen nunca". Yo me reí. Él pensaba que yo era un marciano o un ser de otro planeta. Se supone que hoy en día los hombres les cantan a las mujeres un par de canciones de esas que pasan dos o tres veces por día por la radio, les dicen que se parecen a un pimpollo o a la chica del aviso de dentífrico y son felices. O las maltratan, las ignoran y eso, claro está, ha dado por resultado una cifra nada desdeñable de parejas monógamas que han cumplido felizmente las bodas de oro y han salido en la revista Selecciones del Reader's Digest.

En el amor no hay recetas. En el amor hay planetas.

Un planeta es algo redondo como un pomelo rosado, pero nada más que grande. Duro como el granito. Silencioso como estar debajo del agua. Distante como la verdad.

No hablo con mucha gente del espacio interestelar porque enseguida me quieren hacer la carta natal. Y eso a mí siempre me sonó a algo inventado. A argumento de telenovela venezolana de la tarde. A chiste bobo. A programa ómnibus de los domingos. Ustedes querrán saber qué pasó después de que le dije todo eso. Ella se llama Ayelén. Yo me llamo Juan Alberto. Ella dice que es una chica moderna y que quiere que nos vayamos a vivir juntos, que primero hay que probar la convivencia. Yo, pese a que tuve lo mío y que fui medio atorrante, me quiero casar. Pero no porque sea un chico anticuado. Sino porque para mí ella es la mujer lunar.

Los dos coincidimos en que la cultura moderna es banal, frívola, desesperante. Encontramos que la sociedad es materialista. Que no hay solidaridad y que nos gusta la gente profunda y no el hombre light. La gente que inventa versos, que trabaja en las villas miserias o que organiza conciertos para los carenciados.

Como ven, somos el uno para el otro. Y eso que el horóscopo del diario no lo decía.

 

 
 
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