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lunes 26 de junio de 2017 
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 >> ASTRONOMIA PARA NIÑOS, PADRES Y DOCENTES
 EL SALÓN DE CUADROS DEL ABUELO: LA GRAN COCINA ESTELAR


Por: María Cecilia Scalia

SEGUNDO CUADRO : "La Gran cocina estelar"

Había una vez…

¿Quién puede resistirse a la encantadora frase del comienzo de un cuento?

Había una vez…y uno busca atento las palabras que continúan en el relato.

Había una vez un niño, uno que todos conocemos, uno que, como nosotros, vivía buscando los “porqués” ante el planeta maravilloso que lo rodeaba.

En muchos e inesperados momentos la naturaleza aparecía ante él para mostrarse intrigante, ante unos ojos sorprendidos que hacía pocos años que formaban parte de este mundo.
Valentín era un niño más, uno que no hubiera llamado demasiado la atención de un caminante por las calles. A veces era tímido, y digo a veces, porque en muchas ocasiones, la seguridad con la que asomaba su cabeza entre los demás niños para decir algo que pensaba, sorprendía.

Tenía una secreta y casi extravagante manera de hilar los fenómenos que sucedían a su alrededor: los coleccionaba como cuentos y los imaginaba con música. Esto no era casualidad, había nacido en el seno de una familia amante de la música y la literatura y, en sus pocos años de vida, fue tomando de las cosas cotidianas, personajes y escenarios para una gran obra de teatro en su mente, donde él era un personaje más y el mundo, su diversión.

Había algo que lo dejaba sin aliento, algo tan inmenso que no cabía en los escenarios de sus fantasías porque la grandeza que veía en sí mismo no daba lugar a notar la diferencia con la realidad. Ese algo era el cielo.

Había alguien en su familia que sabía de su fascinación mejor que nadie y con quien compartía un gran secreto: su querido abuelo.

Hacía ya una semana que había ido a la casa de sus abuelos. Los días habían pasado rápido envueltos en la ansiedad de una nueva visita. Lo emocionaba imaginarse entrando nuevamente en la biblioteca, dentro del salón de cuadros, guiado por los sonidos encantadores de una nueva aparición, en esa ventana al Universo que parecía un simple cuadro en blanco.

Llegó, junto a su familia, un sábado por la tarde. Su abuela cocinaba galletas en el horno de la vieja cocina. A Valentín le gustaba mirar cómo los ingredientes cambiaban al mezclarse y sobre todo, cómo se transformaban al cocinarse. Para él la cocina era un gran laboratorio donde se podía experimentar con cosas conocidas. Sin embargo, esta vez, en lugar de quedarse junto a su hermana y su abuela como lo hubiera hecho en otra oportunidad, no se apartaba demasiado de su abuelo en espera de una señal que le indicara que podía subir a la biblioteca. Pero el abuelo estaba indiferente, no se le escapaba ni un gesto de complicidad, como si ni siquiera recordara lo que había pasado la última vez que él lo visitó.

Esa noche durmió intranquilo mirando el cielo. Al día siguiente debían irse después del almuerzo, más temprano que de costumbre y, hasta ese momento no pasaba nada de lo que había estado esperando toda la semana.

Se levantó por la mañana temprano, casi todos dormían, salvo la abuela que había madrugado (como siempre) a cocinar una torta de manzanas que estuviera lista para el desayuno. En ésta oportunidad, se detuvo a observar cómo los ingredientes, en cada paso de la preparación, se cocinaban y transformaban en otra cosa, en este caso, una rica torta.

Una silueta, desde la puerta, miraba al niño que atento veía cómo la torta en el horno aumentaba de tamaño.

Fue en ese preciso momento, cuando Valentín se había olvidado por un instante del cuadro mágico, que advirtió la silueta silenciosa de su abuelo afirmado en el marco de la puerta. Apenas se miraron se dijeron todo. Había llegado el momento. El gesto picaresco del anciano que, en un movimiento de cejas señalaba al primer piso donde estaba la biblioteca, era evidente.

Tranquilos, sin que nadie interrumpiera, entraron despacio en el salón de cuadros.

Primero lo hizo Valentín, luego el abuelo.



Al ingresar, el nieto no veía nada más que un lienzo blanco, pero a medida que su abuelo iba cerrando la ruidosa puerta, con su crujir se confundía un sonido que se sostuvo en el tiempo aún después que el movimiento paró. Cuando esto ocurrió, sobre lienzo surgió una imagen borrosa que se hizo más intensa después de unos segundos. Los ojos del niño brillaban con el asombro de la primera vez que la ventana que había en el aparente cuadro se abría para mostrarle una visión del Universo.

Tal como había sucedido la semana anterior, en la nueva imagen había estrellas, muchas más que antes. Eran azules y celestes, ¡rodeadas de polvo luminoso que brillaban iluminando y calentando los rostros de quienes las observaban!

— Parece que estas estrellas están calientes abuelo— dijo el muchacho.
— Así es, por eso son de color azul…
— ¿Y las estrellas rojas no están calientes?
— Sí, pero éstas están muchísimo más calientes que las rojas.
— ¿Tiene algún nombre este cuadro? ¿qué estamos viendo?
— Esto que miramos es un cúmulo de estrellas, se llama “Las Pléyades”. Puedo decirte algo más: éstas son estrellas jóvenes. ¿Recuerdas de dónde nacen las estrellas?
— ¡Si! de las nebulosas ¡como la nebulosa de Orión!
— Muy bien. Este “polvo” brillante que ves a su alrededor, es parte de la nebulosa de la que nacieron éstas estrellas, que si bien son jóvenes comparadas con su parientes estelares, estaban naciendo por la época que los dinosaurios habitaran la Tierra.

El niño miraba hacia el cuadro y escuchaba a su abuelo con gran asombro.

— Estoy seguro que, en esta oportunidad, el cuadro quiere mostrarte algo que tiene que ver con lo que sucedía en la cocina…

Valentín estaba atento pero confundido, no tenía idea qué quería decir su abuelo.

— En la cocina mirabas con atención cómo los ingredientes de la torta se cocinaban, se convertían de a poco en otra cosa. En las estrellas sucede algo parecido y tiene que ver con el brillo de las mismas.

— Lo único que me imagino es que con tanto calor, se pueden cocinar muchas tortas… — dijo el niño sin estar convencido si era eso lo que el abuelo iba a decirle.

— Tiene que ver con el calor en el interior de las estrellas ya que ahí, el gas del que están hechas, está tan caliente y apretado, que se cocina y se transforma en otro tipo de gas, tal como en la cocina de la abuela, la masa cruda se transforma en una torta que se puede comer. Pero sucede algo más en el camino: esa transformación de un gas en otro, libera muchísima energía!! y nosotros recibimos esa energía en forma de luz y calor, como en el caso de nuestro Sol, que es una estrella más.
— Si todas dan luz y calor ¿por qué no sentimos el calor de las estrellas en la noche?
— Porque están muy, pero muy lejos de nosotros, muchísimo más lejos que el Sol.
— ¡Bajen a desayunar! — grita desde la cocina la madre de Valentín.

Había pasado un buen rato y ya todos estaban fuera de la cama.

Salieron de prisa del salón de cuadros. Guardaban celosamente su secreto.

En ambos se veía la cara de satisfacción y encanto de un íntimo momento compartido.

De regreso en su casa, él y su hermana se acostaron temprano. Al día siguiente había que ir a la escuela.

El domingo había sido otro día fantástico en la casa de sus abuelos, uno en el que el cielo le había regalado un poco de su maravilla.



 
 
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